
No hay ideas en mi cabeza, no hay sentimientos en mi alma, ni una gota de compasión y menos una espina de remordimiento en mi cuerpo; tengo las mismas dudas y aún insegura no decido con facilidad si reír el martes o llorar todo el invierno; sé que no soy la de ayer porque creo haber engordado uno o dos kilos, tal vez fuero más, no lo sé; aún conservo mi primera carta de amor y es que pensé haberme enamorado tan solo cuando tenia trece años, ahora de veinte y a portas de cumplir los veintiuno aún sola porque creé en lo muy profundo de mi mente al chico perfecto, al menos perfecto para mi, tal vez aún no haya nacido, puede ser que ya haya fallecido o quien sabe tal vez sea el que vi el viernes en el autobús, aún no lo sé.
Hace un año no sabía quien era el niño de anteojos y cachetes rojos, hace un año había esperanzas que mi locura descontrolada logre convencerme a regalar cariño al niño que de pronto se hizo adulto, fue él que me enseñó a vestirme de señorita aún peinando dos colitas.
Olvidé que escribía, que hoy había examen de teoría y que necesitaba compañía; sé bien que una mirada dice más que mil palabras, que mis labios no deben callar y que si siento algún dolor es porque la soledad me cogió, pero hoy no hay dolor, no hay rencor y ni mucho menos remordimiento y compasión.
Tal vez no siempre una sorpresa sea agradable, tal vez haga falta un error que te haga decir voy a ser mejor, tal vez hagan falta soluciones que permitan resolver un problema entonces sería una oportunidad disfrazada con cara desvelada.
Tal vez me quede sin entender a la suerte o tal vez no la entienda porque no exista, es mejor no creer en ilusiones, ni dejarnos llevar por las emociones. Nunca dejamos de ser niños por eso aún confiamos en las palabras, aún nos gustan los caramelos y nunca nos dejara de gustar un beso o una caricia.
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